El ser humano tiene una tendencia natural a buscar su “zona de confort” en todos los ámbitos de su vida. A nadie (o a casi nadie) le gusta estar en una montaña rusa emocional con cambios constantes en su entorno, ya sean éstos personales o profesionales. Por ello, una vez encontradas dichas zonas –sobrevenidas o impuestas- adaptamos los hábitos que nos hacen sentir cómodos a nuestro proceder habitual y los fijamos con “cola de impacto” a nuestras vidas.

Este proceder, insisto, es muy humano y por tanto no debe sorprendernos ni angustiarnos. De hecho, está científicamente demostrado que las personas necesitan tener referencias constantes y automatizar procesos que les permitan afrontar el día a día con naturalidad, incluso para estar así preparadas ante las contingencias inesperadas. Hasta aquí todo bien. Pero, ¿qué pasa cuando esto se aplica al mundo de la empresa? O debería decir: ¿Qué consecuencias tiene este comportamiento en la empresa? Porque pasar les pasa a muchas. Pues que se convierten en lo que he venido a denominar “empresas hámster”.

Visualicemos el concepto: un pequeño ratoncillo sin cola, dando vueltas con una rapidez (y una precisión) endiablada en una rueda durante horas… sin avanzar un ápice. ¿Se identifican con esta imagen? Yo sí. Me ha pasado en varias ocasiones a lo largo de mi vida profesional y personal. El estar muy ocupado con el día a día y preocuparme poco, o no demasiado en el mejor de los casos, por el mañana.

Es cierto que uno acaba siendo un virtuoso en el noble arte de hacer girar la rueda y adquiere una musculatura y una flexibilidad formidables en las extremidades (experiencia en la performance de los procesos habituales). Pero cuando la rueda se rompe, se deteriora o nos la quitan, nos quedamos absolutamente desconcertados sin saber qué hacer, porque ése era el único objetivo (o eso nos creíamos): hacer girar la rueda de nuestro negocio repitiendo una y mil veces los mismos procesos sin salir de nuestra zona de confort, salvo en algunas ocasiones por motivos de supervivencia.

Ésta ha sido una de las causas de que muchas empresas hayan desaparecido durante la severa crisis de los últimos años. Por el contrario, las que se bajaron en algún momento de la rueda, aunque fuera sólo para recapacitar un momento y ver hacia dónde se dirigían, han logrado reenfocar su actividad ya sea diversificándola, cambiando los procesos, explorando nuevos mercados, impartiendo formación a sus equipos, explorando las posibilidades de las TIC’s… En definitiva: han podido hacer el ejercicio de pararse, respirar y asomarse por encima del muro/jaula a ver qué pasaba más allá.

Vale, la cosa no es tan sencilla, seguro. Pero las consecuencias de no parar la rueda nos pueden llevar, más tarde o más temprano, a la muerte por agotamiento (del modelo).

Entonces, ¿qué podemos hacer? No pretendo ni mucho menos dar lecciones magistrales, ni sugerir que uno debe abandonar la actividad habitual que le ha permitido subsistir hasta hoy. Mi objetivo es más bien reflexionar un poco sobre la incapacidad que tenemos en muchas ocasiones para pararnos, respirar hondo y “auto- diagnosticarnos” acerca de nuestra realidad presente y, sobre todo, futura.

Hace unos años, el Presidente de una importante consultoría estratégica, ubicada en Moscú y que compite con las grandes multinacionales en su país, me relató algo que aún hoy al recordarlo me sigue inspirando. Estaba Alexander (ése es su nombre) aquejado como tantos de nosotros por el “síndrome del e-mail sin contestar”; vamos, que lo primero que hacía por la mañana al abrir los ojos -sino en medio de la noche- era mirar la bandeja de entrada de su correo electrónico y empezar a contestar frenéticamente los muchos mensajes que recibía. Una vez en el trabajo, seguía interactuando con ellos hasta que casi sin darse cuenta la jornada se le escapaba entre las manos como la arena entre los dedos y tenía la sensación de no haber hecho otra cosa en todo el día que contestar/redactar e-mails en un bucle sin fin.

Por si esto fuera poco, se daba cuenta de que se perdía muchas cosas importantes por haber tenido que prolongar la jornada, con el consiguiente desgate personal, familiar e incluso profesional. ¿Les suena? Al final, y ya con un nivel elevado de estrés, Alexander fue al psicólogo y éste, después de escucharle atentamente, le “ordenó” que sólo revisara los e-mails dos veces al día: al final de la mañana y al final de la tarde. Como pueden imaginar los primeros días el “síndrome de abstinencia” fue muy acusado, pero poco a poco aprendió a controlarlo y descubrió que disponía de mucho más tiempo para dedicarse a la relación con clientes, participar más activamente en los proyectos relevantes, investigar nuevos procesos para mejorar la eficiencia, buscar soluciones innovadoras, disfrutar de la familia… En definitiva, supo parar su propia rueda y explorar más allá de la jaula. Seguro que no fue fácil, pero la recompensa valió la pena. A día de hoy, que yo sepa, Alexander sigue practicando esta buena costumbre y está encantado.

Cabe destacar que no todas las empresas sufren el “síndrome del hámster”. Las hay que están basadas en la búsqueda constante de mejoras y son muy creativas, cuyo modelo de negocio o simplemente su ADN como organización se basa en esa filosofía/actitud. En el presente, encontramos a este tipo de empresas sobre todo en el entorno de las TIC’s y sus “satélites”: redes sociales, fabricantes de gadgets electrónicos, plataformas de compras on-line de los más diversos productos… Y también en conocidas marcas de ropa, empresas de servicios profesionales, cadenas hoteleras, de ocio, restauración, etc.

Todas ellas tienen algo en común: sus fundadores/ideólogos se plantearon el modelo de negocio a desarrollar desde una perspectiva distinta a la mayoría de empresas de su sector. Y ése es el quid de la cuestión, la búsqueda de “blue oceans” que, como define esta filosofía de creación de modelo de negocio, hace que nuestro producto o servicio sea percibido como único haciendo que la competencia pase a ser irrelevante.

Como ya he dicho, hay formas más o menos científicas y sobradamente testadas de “parar la rueda” y estimular nuestra creatividad para vislumbrar hacia dónde debe evolucionar nuestra empresa: desde la citada estrategia “Blue Ocean” a cualquier otra que nos saque de nuestra zona de confort como empresa. O que por lo menos nos obligue a mirar desde una perspectiva “out of the box” (con cierta distancia) nuestra realidad presente y futura en tanto que organización. En este sentido, ejercicios o herramientas de generación de modelos de negocio como el “Canvas Model” pueden resultar muy útiles.

En cualquier caso, insisto en que estas líneas no pretenden dar soluciones científicas o metodológicas, sino más bien plantear una reflexión. Y me parece que lo primero que debemos hacer (si de verdad queremos) es un ejercicio de asunción del problema en la línea del que hacen los drogodependientes cuando asisten a grupos de ayuda.

Hola, me llamo Rafa y soy un hámster.

 

Artículo originalmente publicado en:

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